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Docencia: entre el descrédito y la profesión


By Fermorro - Posted on 03 Enero 2008

DOCENCIA: ENTRE EL DESCRÉDITO Y LA PROFESIÓN

La educación es el punto en el cual decidimos si amamos al mundo lo suficiente como para asumir una responsabilidad por él y de esa manera salvarlo de la ruina inevitable que sobrevendría si no apareciera lo nuevo, lo joven.
(Hannah Arendt)

Pregunté a mi clase secundaria si alguien había pensado estudiar la carrera docente. El “no” general como respuesta fue fundamentado abierta y directamente. Sin anestesia. Sin reparar siquiera en el que preguntaba; que padecía, precisamente, de esa “terrible enfermedad vocacional” (de ser docente). “Reciben bajos salarios”, tienen que hacerse cargo de los problemas de los alumnos”, “tienen que tomar muchas horas para sobrevivir”, “tienen que enfrentar la indisciplina de los alumnos”, “tienen que...”. Tantos “tienen” colmaron mi cuota y algo en mi interior se desmoronó hasta el abismo del “que hago aquí entonces”: un precipicio duro de salvar.
Ese mismo día me puse a investigar. Racionalizando conductas podría aliviar mi momentánea tendencia a bajar los umbrales de frustración. Teorías psicológicas mediante intentaba conformarme. Todo en vano. ¿Como terminó todo? No estoy muy seguro. Creo que escribiendo estos pensamientos desordenados.
Lo seguro fue esta conclusión: el rol del docente esta actualmente muy desvalorizado. Si, ya se que no descubrí la pólvora, pero reduccionismo mediante, fue la razón más evidente que halle para explicar por qué mis alumnos ponían una cara despectiva cuando les mencionaba la carrera docente.
¿Cómo llegué a esta conclusión? Debo admitir que no fue fácil: trataré de ser breve. Pero deben tener paciencia porque debo ir al principio.
Existe un estado denominado “malestar docente”, causado por los factores negativos que afectan al docente y son el resultado de las condiciones “tipológicas y sociales” en que se ejerce la docencia. La relación docente-alumno y docente-directivo, la violencia en las instituciones educativas, la carga de actividades, sumadas al contexto global, al imaginario social sobre los docentes y las funciones que la sociedad ha delegado en el sistema educativo aparecen como los factores determinantes del malestar docente. Este malestar se evidencia con una gradualidad que depende de la manera particular como los factores interrelacionan con la personalidad y con la historia personal de cada docente.
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Una maestra me relataba sus peripecias para lograr que sus alumnos no dejaran de asistir a clases. Conseguir algunas zapatillas, artículos escolares básicos, escuchar y atender problemas familiares o procurar comida para sus alumnos eran tareas que realizaba mientras intentaba alfabetizarlos.
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Según los investigadores la cantidad de tareas y responsabilidades que se le exigen al docente – muchas veces sin contar con los recursos necesarios - lo “obligan” a realizarlas mal. Profesionalmente el inicio del penoso trayecto de descrédito progresivo.
Esta delegación de tareas en el sistema educativo - y por ende también en el docente - va concibiendo la inespecialización de su rol. En efecto, mientras otras profesiones caminan socialmente hacia el prestigio y académicamente hacia la especialización, la profesión docente se hunde en un mar de confusos y desdibujados roles asignados compulsivamente.
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Hace un tiempo, la madre de un alumno me pidió que la ayudara como docente a averiguar por qué su hijo se mostraba apático, no sólo ante el estudio sino también dentro de los circuitos normales de comunicación familiar. “No se que hacer con él, le saqué el club y todo lo que más le gusta para que estudie, pero nada” Pretendía que yo le diera una receta, desde mi rol docente, para solucionar su problema de manera rápida y sencilla.
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Se ha observado en las últimas décadas algunos hechos y procesos que han contribuido a este estado de cosas. Los agentes que tradicionalmente participaban de los procesos de socialización se han transformado y han abandonado, en muchos casos, estas tareas en manos de las instituciones educativas. Éstas, además, han perdido la hegemonía en la transmisión de saberes culturales y científicos ante el avance de otros agentes asistemáticos como los medios de comunicación. En este sentido cabe mencionar la caducidad de una necesaria coincidencia axiológica que la escuela mantenía otrora con la sociedad, dando lugar, actualmente, a un “proceso de socialización conflictivo y divergente”. La escuela y la sociedad promueven distintos valores, distintos enfoques, distintas normas en la formación del mismo sujeto social.
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Preocupado por las actitudes agresivas que un alumno demostraba con respecto a sus compañeros de clase, cite a sus padres para charlar sobre el tema. Después de explicarle con detalles lo que ocurría y de ofrecerme a colaborar en un trabajo conjunto para tratar el problema fomentando en el alumno conductas más humanas, el padre con desparpajo me comenta; Ah! ¡Yo siempre le digo que se defienda! Cuando yo era chico hacia lo mismo, si me decían algo se las daba” En ese punto considere que era oportuno dar por finalizada la reunión.
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Ahora bien, ¿cuál debería ser la tarea específica de la escuela? Al pensar de F. Savater, una doble tarea le corresponde a los docentes y a la escuela: procurar la formación básica de de la conciencia moral de los niños y suscitar la disposición anímica para someterse al esfuerzo de aprendizaje. Los dos aspectos constituyen un serio desafío para la escuela sobre todo cuando las aulas parecen botes que viajan en contracorriente. El contexto social arrastra a todos directamente al mar de la mediocridad y el aula parece una isla.
Releyendo a Torres Santomé (1991) coincido en afirmar que el docente, a diferencia de otros agentes educadores, debe enfrentar una tarea muy compleja: atender gran cantidad de acontecimientos y tareas diferentes que suceden, con frecuencia, simultáneamente. No dejemos de lado cierta imprevisibilidad, dado que muchos hechos que forman parte del proceso educativo se dan a un ritmo cambiante y discontinuo.
Para sumarle mayor complejidad: todo lo que ocurre en la clase es público, es decir que trasciende más allá de las paredes del aula llegando a las familias y al resto del personal docente y directivo, agregando una cuota de tensión extra a la tarea docente. En este sentido, una de las preocupaciones del docente radica, precisamente, en la forma más o menos fidedigna en que sus mensajes llegarán a los espacios ultraáulicos atendiendo al hecho de que los transmisores son adolescentes o niños, es decir comunicadores inexpertos y con una capacidad de percepción de la realidad en pleno desarrollo.
Todos conocemos casos en que los adolescentes, con la intención de justificar las propias acciones ante sus padres, achaquen al docente la causa de sus males. El eslabón que falta en esta cadena de comunicaciones confusas es una familia que sólo escuche las razones de sus hijos. La versión del docente – muchas veces sometidos indignamente a careos con los alumnos frente a padres o directivos – queda automáticamente desvalorizada en el mejor de los casos; en otros se le asigna al docente misteriosos planes de persecución o discriminación sistemática de algunos alumnos.
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En una clase de preadolescentes pedí un trabajo de elaboración personal con claras consignas por escrito. El día de la presentación, un alumno presentó su trabajo que constaba con algunas paginas realizadas por el (con un estilo que denotaba una clara intervención adulta) y con dos páginas finales con la letra de otra persona. Resultó ser la letra de la profesora particular. En el apuro el alumno directamente había fotocopiado el trabajo de la profesora y me lo presentaba como propio. Le dije en el momento que su evaluación iba a ser la mínima sobre todo por su actitud frente a sus responsabilidades. Al otro día el padre me increpaba en el pasillo de la escuela con amenazas y afirmando que y, por ese hecho, discriminaba al alumno. Sin palabras.
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He presenciado casos en que los padres increpan violentamente a los docentes por el resultado de un examen. Después de muchos años de tarea áulica he llegado a elaborar una teoría: algunos padres, - por suerte no es la mayoría - que han perdido espacios de poder en el marco de sus relaciones interfamiliares intentan recuperarlos enfrentando, tal cual paladines de la justicia, al sistema para defender a la desprotegida víctima del aplazo. Puede ser solo una teoría, pero se parece mucho a una explicación racional.
Vayan sumando. De a poco intento plasmar el contexto en el que trabaja un docente todos los días y que afecta no sólo su conducta sino también su estado físico general.
De acuerdo a estudios realizados en la Provincia de Buenos Aires por N. Mendizábal, los docentes que perciben como baja la consideración social de su tarea sienten fatiga con más frecuencia que aquellos que la consideran alta- La autora del estudio se pregunta entonces, ¿cómo permanecen los docentes en el sistema con condiciones tan desfavorables? La respuesta no puede ser otra: existe un fuerte componente vocacional.
Ciertamente, la tarea del docente incluye un intenso compromiso emocional. Su desempeño se da en un contexto social e institucional que presenta peculiaridades y estilos de comunicación muy definidos y en un aula con alumnos demandantes en espera del tipo de actitudes con las que el docente enfrentará cada situación. Necesariamente se concibe, en el encuentro pedagógico, un cierto clima emocional que facilitará u obstaculizará el aprendizaje.
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Había preparado el encuentro de Ciencias Sociales con algunas actividades bastante originales. Al entrar en el aula ese día, percibí cierto malestar y nerviosismo. Algo andaba mal. Me di cuenta que los temas preparados de ciencias sociales debían esperar. Pedí a mis alumnos que se sentaran en rueda, y procuré indagar que ocurría realmente. Minutos después me enteré de un serio enfrentamiento entre dos grupos de la misma clase. En resumen: ese día, la Primera Guerra Mundial quedo esperando, pero charlamos seriamente sobre valores como tolerancia, respeto y honestidad. Antes de terminar esa clase, algunos de los alumnos se pidieron disculpas espontáneamente. Debo reconocer que mejoro bastante, a partir de ese día, la convivencia grupal. Habían superado una crisis aunque aparentemente habían perdido una clase.
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R. M. Silvano( 2007) nos propone pensar en la enseñanza como un arte porque presupone creación. El hecho educativo jamás se puede repetir con las mismas características pues en él intervienen demasiados factores y variables. Partiendo de este supuesto, el docente es un creador que opera sobre una realidad que debe comprender a priori. Consecuentemente, corresponsal de esa realidad cambiante, el docente elabora su rol agregando su impronta personal. Construye su rol al interactuar con la realidad áulica, imprevista por un lado y sujeta a ciertas pautas institucionalizadas por otro.
Ciertamente el docente nace, pero también se hace: el perfeccionamiento del rol debe ser su preocupación constante. Según este autor la tarea de educar consiste en crear, es mucho más que manejar algunos secretos de la enseñanza, es adentrarse en el mundo de la intuición. No se trata sólo de manejar técnicas pedagógicas sino, sobre todo, de saber interpretar la realidad (aula – institución – sociedad).
La docencia se aprende pero primordialmente se comprende, es una actividad integral e integradora. Así como se ha promovido la consideración del alumno como educando integral, debería caber el mismo tratamiento para el docente como el otro sujeto de la pareja pedagógica.
El docente procura un éxito, lo construye, aludiendo al resultado que se traduce en el logro de los objetivos curriculares propuestos en el proyecto educativo áulico. Este éxito se realiza, no depende de la suerte.
Así queda definido el docente como un profesional que recibe una situación y un objetivo más las demandas del entorno y construye un éxito, acompañando a sus alumnos en la construcción de sus saberes y utilizando metodologías didácticas originales y adecuadas. Esta práctica profesional no se puede sistematizar totalmente ya que la situación áulica siempre es única e irrepetible.
Ahora bien, como ya lo he referido no son pocos los obstáculos que halla el docente en su tarea educativa:
(...)los malos ratos que hay que pasar, las presiones generadas por conciencias mediocres, la falta d equipamiento escolar, la inestabilidad laboral, la envidia del fracasado, la calumnia del incapaz, la indiferencia de los padres, la falta de estructura edilicia, la vergonzante retribución salarial, el manipuleo de la política educativa, la mediocridad de los gobernantes, noches y días enteros tristes, (...)
R. Silvano. Rol docente en el tercer milenio. En Educar.org

Debemos reconocer que, frecuentemente, el docente, en el ejercicio de su profesión, puede perder de vista el objetivo principal de su tarea cuando debe ocuparse de los aspectos de la burocracia institucional o cuando se deja arrastrar por las pasiones siendo protagonista, por ejemplo, de críticas destructivas hacia los pares, la institución, los directivos o las familias.
En las escuelas de gestión privada que han transformado su estructura organizacional hacia formas más competitivas y eficientes, el docente ha comenzado a ser considerado más como una variable de costo que un profesional, afectando seriamente su sentido de pertenencia institucional. La matrícula excesiva con fines económicos (para que las cuentas cierren) constituye otro factor de presión que suma tensión a la tarea docente. El aumento de la matrícula por curso va en beneficio de las finanzas de la institución pero agrega un desafío más: el docente debe hacerse cargo del compromiso de enseñar efectivamente sin perder de vista la diversidad; tarea que con mas de cierto número de alumnos se torna dificultosa
Al docente se le pide un exhaustivo bagaje de virtudes y actitudes: que sea un testimonio vital de sus enseñanzas, que se convierta en un verdadero organizador de los aprendizajes de sus alumnos, que no caiga en la demagogia, que actúe con prudencia, tenacidad, humildad, desprendimiento, energía; que sea leal, transigente, sincero justo, respetuoso, desapasionado, reflexivo, bondadoso, profundo; que no sea sectario y que posea valores morales e intelectuales de primer nivel; que se capacite permanentemente mostrando una “actualización comunicacional”. Ni más ni menos que lo que se le exigiría a todo buen profesional. Entonces, ¿por qué no es considerado socialmente como un verdadero profesional?
Sabemos que hay médicos, abogados, periodistas, economistas...buenos, mediocres o malos; pero nunca se pone en juego, en esta calificación, el prestigio de dichas profesiones. ¿Por qué no sucede lo mismo con el docente? ¿Qué oscura razón del inconsciente social provoca esta desvalorización de la profesionalidad de quien realiza la “tarea más importante”, la tarea fundamental del desarrollo integrador de la persona y de la Nación? Mientras que en las expresiones demagógicas escuchamos: Sin educación no habrá sociedad y sin docentes no habrá educación. La realidad es de otro color.
La profesión docente es considerada, fuera de los discursos vacíos, de segundo orden y el docente percibe lógicamente esta conceptualización como indigna. Permítaseme terminar con una cita de Aristóteles a modo de palmada en el hombro a todos mis colegas docentes: “La dignidad no esta en los honores que se reciben, sino en los honores que se merecen.”
Fernando R. Morro
Prof. en Psicopedagogía
Prof. en Ciencias Sociales

Bibliografía consultada:
- Gavilán, Mirta Graciela . La desvalorización del rol docente. Revista Iberoamericana de Educación Nº 19. OEI – 1999
- Mendizábal, Nora. Condiciones de trabajo y salud. 1995
- Esteve, José M. El malestar docente. Paidos-Ibérica. Barcelona, 1994
- Kornblit, Ana y otros. El sistema educativo como ámbito laboral. Col. CEA-CBC. Buenos Aires, 1995
- Merazzi, C. Apprendere a vivre les conflicts. European Journal of Teacher Education.. Paris,1983
- Magni Silvano, Roberto Rol docente en el tercer milenio. Educar.org 2007

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